Los venenos en la historia

Muchos son los episodios mitológicos e históricos que registran el uso de para dirimir diferencias, ganar guerras o allanar caminos, sobre todo políticos, de una vez por todas.

De este modo el uso de los se incorporó en las antiguas narra­ciones mitológicas, y lo encontra­mos, por ejemplo, en el famoso mito de Hércules, héroe cultural que enfrentó a monstruos cuyo aliento era tóxico, como la hidra, cuyas cabezas múltiples exhalaban vapores venenosos, o cruzó la La­guna Estigia y salió incólume del miasma de su neblina. Hércules sucumbió ante el veneno de Hidra, con cuya sangre había embebido las puntas de sus propias flechas: hirió de muerte con una de ellas al centauro Neso cuando éste inten­tó violar a Deyanira, la esposa del héroe. En sus últimos estertores, Neso empapó la camisa de De­yanira con la sangre envenenada que manaba de su herida y antes de morir le aseveró a la mujer que se trataba de un amuleto para ase­gurar el amor eterno de Hércules. Deyanira convenció a Hércules de usar el amuleto, que en realidad tuvo la propiedad de pegarse a la piel del héroe, causándole gran ar­dor y envenenándolo por contacto. Incapaz de arrancarse la túnica, Hércules mismo preparó su pira funeraria y en ella murió abrasa­do: prefirió las llamas que el ardor del veneno de Neso.

Si bien los se utiliza­ron para facilitar la cacería y, más adelante, en las guerras entre tri­bus y entre pueblos, también en­contraron un uso político. Entre los egipcios se utilizó el veneno como un medio de ejecución de los criminales, pues está registra­do en los papiros de Saqqara y del Louvre el efecto tóxico del ex­tracto de almendras amargas y su uso con este fin. El tratado médico escrito más antiguo que se conoce es el llamado Papiro de Ebers, que contiene una sección destinada a la descripción de las plantas y de otras sustancias, de sus propieda­des curativas y tóxicas; en él se de­tallan las características y prepara­ciones de más de 800 recetas, entre las cuales se incluyen la cicuta, el acónito, el plomo y el antimonio.

Médicos y estudiosos egipcios y griegos estudiaron los , sus efectos y sus antídotos. De he­cho, la palabra “tóxico” proviene del griego toxon, nombre del arco con que disparaban las flechas envenenadas. En la Grecia anti­gua también se utilizaba el vene­no como un medio de ejecución; es bien conocido el caso del fi­lósofo Sócrates, cuyo cuestiona-miento irónico de la forma en que se ejercía el poder le valió un juicio en el que se le acusaba de corromper a la juventud con sus pensamientos; por escasa mayo­ría fue condenado a morir ejecu­tado. Sus amigos y discípulos se propusieron ayudarlo a escapar, pero Sócrates prefirió acatar la sentencia y, tal como era el uso de la época, morir dignamente por la vía del suicidio. Para consumarlo, tomó un amargo extracto de cicuta. Un filósofo y estudioso griego, discípulo primero de Platón y des­pués de Aristóteles, fue el sabio Teofrasto. En el con­junto de su obra, que abarcaba todos los campos del saber de su tiempo, destaca su de las plantas, donde también hace referencia a los de origen vegetal.

 

Con el dominio romano, que adoptó buena parte de la tradición griega, se extendió el uso político de los envenenamientos. Por tratarse de un medio tan co­mún de dirimir las crisis políticas, los emperadores ro­manos llegaron a tener no solamente expertos envene­nadores al servicio del Estado, sino también esclavos o animales a quienes obligaban a probar la comida antes de consumirla para estar seguros de que no estuviera envenenada.

 

Uno de los más poderosos y temidos enemigos políticos de Roma, Mitrídates VI, rey del Ponto entre 120 y 63 a.C, experimentaba los efectos y las dosis de distintos administrándoselos a ancianos y a prisioneros; inventó entonces una poción para obtener inmunidad, en la que mezcló pequeñas cantidades de distintos y tomaba un poco cada día para hacer resistente su organismo. Esta precaución le valió que, una vez que se vio vencido, no pudiera suicidarse con veneno, como era lo usual para allegarse una muer­te digna antes que sufrir la derrota ignominiosa; tuvo entonces que clavarse una espada para poder morir. Desde entonces, en términos médicos se conoce como mitridatismo la resistencia adquirida a un veneno.

 

Aún hoy se discute, por ejemplo, si el emperador Claudio (que reinó del 41 al 54 de nuestra era) fue en­venenado por su cuarta esposa, Agripina, para abrir el camino de la sucesión a Nerón, hijo de su primer matrimonio con otro noble romano de la dinastía Ju­lio-Claudia. Los historiadores de la época refieren que Agripina utilizó los servicios de Locusta, una esclava que, habiendo sido condenada precisamente por utili­zar , había sido indultada de la pena de muer­te y se había convertido en una especialista al servicio del Estado. En virtud de que no existían medios para determinar si efectivamente alguien había muerto ase­sinado con sustancias tóxicas, era común que los em­peradores romanos temieran encontrar ese fin. Nerón, que asumió la cabeza del imperio al morir Claudio, utilizó y creyó perfeccionar la poción de Mitrídates agregándole carne de víbora, en la creencia de que las víboras no mueren con su propio veneno.

 

Fueron los médicos árabes y de la Europa Orien­tal quienes en la Edad Media rescataron el saber desa­rrollado por los antiguos egipcios, griegos y romanos. Tanto Avicena (Persia, 980-1037) como Maimónides (Córdoba, 1135-1204) escribieron tratados acerca de los y sus antídotos.

 

Pero aun cuando los conocimientos de la época no abarcaran con amplitud la forma de detectar los tóxi­cos con certeza y combatirlos con eficacia, lo cierto es que su uso cortesano y político continuó. Hacia el siglo XV era común que en Francia e Italia las mujeres ad­quiriesen pócimas con las cuales podían acelerar una viudez conveniente, en tanto los soldados y cazadores que usaban ballestas envenenaban las puntas de las fle­chas, por lo cual en Francia se llegó a castigar con pena de muerte en Francia el uso del llamado “preparado de los ballesteros”. Este tipo de arma química solamente caería en desuso en Europa cuando se generalizaron las armas de fuego.

Entretanto, muchos casos sospechosos de falleci­mientos políticos “convenientes” se atribuyeron al uso de , como Rodrigo Borgia, que llegó a ser el Papa Alejandro VI, a quien se acusó de envenenar a sus enemigos políticos, muchas veces a través de la ac­tuación de sus hijos César y Lucrecia Borgia. Otra so­berana que en el mismo siglo XVI fue acusada de hacer uso de estos medios ilícitos fue Catalina de Médicis, sospechosa de haber mandado envenenar a la reina Juana de Navarra para impedir que los calvinistas se hicieran con el reinado de Francia, que ejercía su jo­ven hijo Carlos IX, quien apenas tenía 13 años cuando llegó al poder.

 

Fue también en el siglo XVI cuando los europeos llegaron a América. En las guerras de conquista de nuestro continente también se dieron casos de muer­te por envenenamiento, ya que, como hemos expues­to, los oriundos de estas tierras conocían y utilizaban distintas sustancias tóxicas para hacer mortíferos sus proyectiles.

En 1534 el español Diego de Rojas fue el primer europeo en explorar el actual norte de Argentina, re­montando el Río de la Plata al frente de una expedi­ción de 200 hombres que salieron de Perú. En el curso de este viaje Rojas resultó herido por una flecha enve­nenada y, debido a la desconfianza que le suscitaban los lugareños, desestimó las indicaciones de una in­dígena que intentaba curarlo con hierbas que servían como antídoto. De haberle hecho caso, quizá no hu­biera muerto diez días más tarde. Se sabe que el único modo con el cual los conquistadores españoles logra­ron hacerse del conocimiento necesario para enfren­tar este tipo de armas que les impedían avanzar para adueñarse de los territorios de América del Sur fue una estratagema: a un prisionero indígena le clavaron la punta de una de las flechas rescatadas de un ataque y lo dejaron libre. El hombre, asustado y sabiendo el fin que le esperaba, huyó hacia la orilla de un caudal, donde buscó y encontró algunas plantas que machacó y se puso en la herida. Fue así como los españoles su­pieron cuáles eran las especies que había que utilizar para inhabilitar el efecto de las flechas envenenadas.

 

El desarrollo de la toxicología médico-legal mo­derna se dio acumulando los conocimientos experi­mentales de muchos estudiosos (entre otros, Leonardo da Vinci, quien estudió los efectos del cianuro potási­co), pues se hacía cada vez más evidente que no era posible atenerse, como única prueba médico-legal de envenenamiento, a administrar a un animal los restos del alimento o bebida sospechosos de haber sido el vehículo del veneno y esperar a ver los efectos. Así se desarrollaron pruebas químicas que hoy se realizan en muestras de sangre o de orina para comprobar la presencia de sustancias tóxicas. Éstas dan mucha más certeza que los signos que algunos dejan en el color de la piel o en síntomas de malestares que pue­den confundirse fácilmente con los de las enfermeda­des, medios de diagnóstico a los que la humanidad estuvo limitada durante largos siglos.

 

Todavía durante el siglo XIX al veneno se le lla­maba “el arma del cobarde”, puesto que generalmente se administraba sin que el sujeto del envenenamien­to supiera que estaba siendo atacado y el criminal podía hacerse pasar por un atribulado espectador de la enfermedad de su víctima. Hoy, sin embargo, los asesinos que eligen esta forma de ataque pueden estar prácticamente seguros de que serán descubiertos gra­cias a los avances de la ciencia forense.

 

Pruebas bioquímicas permiten descubrir la satu­ración de sustancias que han sido administradas du­rante largo tiempo a la víctima, o contrarrestar rápi­damente los efectos tóxicos de los de acción lenta o rápida. También se han limitado y controlado las ventas de cierto tipo de sustancias que pueden te­ner usos criminales e, incluso, se han tomado medidas para evitar que la gente se intoxique de manera acci­dental con productos industriales y hasta domésticos, tales como el uso de imágenes y leyendas de adverten­cia en los empaques y la limitación del comercio de tóxicos potenciales.

 

Los programas de televisión que son tan populares y refieren paso a paso las investigaciones forenses que permiten establecer el uso ilegal de sustancias tóxicas son absolutamente reales: los más refinados avances tecnológicos, como la espectrografía (que “dibuja” el espectro de las ondas de luz que reflejan las sustancias para poder identificarlas) permiten detectar incluso las más bajas concentraciones de sustancias con gran certidumbre.

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