Sin duda, la masturbación es uno de los aspectos más interesantes y controvertidos de la sexualidad humana. Para abordarlo con seriedad se necesita ser claro, imparcial y objetivo, así como revisar el conocimiento científico que hoy se tiene sobre el tema. Con plena conciencia, esta práctica puede ejercerse de manera plena, responsable y libre de miedos y culpas.
A grandes rasgos, la palabra “masturbación”, de raíz grecolatina, quiere decir “la mano que profana o viola los órganos genitales para provocar excitación”. Pero para entender por qué desde épocas ancestrales se convirtió en un acto condenable, prohibido, que debía eliminarse del comportamiento humano, tenemos que revisar algunos enfoques históricos.
La versión histórica
En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino condenaba la masturbación por considerarla no natural y un pecado grave, comparable nada menos que con el homicidio, porque el semen no se utilizaba para engendrar. Por su parte, los antiguos judíos reprobaban la masturbación porque ésta no se encaminaba a la procreación. Según el historiador Miguel LeónPortilla, los nahuas desaconsejaban los actos placenteros que no sirvieran para “la siembra de gentes”. En síntesis, estas ideologías parecen coincidir en la necesidad de aportar nuevos integrantes a la sociedad, en número suficiente y constante, para preservar las actividades económicas, políticas y militares. Dado que la reproducción era la única vía para conseguirlo, todo acto que atentara contra ella era condenable. He aquí el primer argumento proporcionado por la historia para oponerse a la masturbación.
Fases del desarrollo psicosexual
Ahora bien, si nos remontamos al inicio del desarrollo psicosexual veremos que existe un temprano aprendizaje del mapa corporal, que en esa primera etapa puede calificarse de “bueno”, pero que luego se transforma en “malo”.
Al nacer no podemos sobrevivir si no se nos proporciona alimento, abrigo y cuidados, y normalmente es la madre quien cubre esas y otras necesidades básicas, entre las cuales se encuentran los cuidados de higiene, que conllevan un cierto tocamiento genital que produce bienestar y sensaciones primitivas de placer. Incluso puede ir más allá: en la Huasteca, acariciar el pene de un niño es una práctica común para tranquilizarlo. El tocamiento temprano de los bebés por parte de sus madres provoca erección peneana y probablemente, protuberancia en el clítoris, según demuestran estudios recientes. Existe una explicación neurológica para esto: las vías nerviosas que reciben estímulos —en este caso genitales— los transmiten al cerebro, donde por un lado se perciben como agradables y por el otro, desencadenan una respuesta motora que erecta el pene o el clítoris.
Durante los primeros años de vida son los padres quienes enseñan las sensaciones placenteras que, paradójicamente, más tarde ellos mismos calificarán de malas; al principio se ocupan de mantener los genitales limpios, así que varias veces al día los asean con toallas húmedas, les aplican talcos y lociones y cambian los pañales de sus pequeños. ¿Acaso esto no es el inicio de un entrenamiento que se irá haciendo cada vez más independiente y que evolucionará a lo largo de la vida?
A medida que avanza su desarrollo psicosexual, el niño se va independizando de los cuidados maternos y asume el cuidado de su propia higiene. Empieza a conocer su cuerpo, a alimentarlo, a asearlo y a descubrir que no es lo mismo tocarse una oreja, un pie o la espalda, que el pene, la vulva o los pezones. El niño interpretará estas sensaciones de diferente manera según cuente o no con una educación sexual formal.
Educación sexual
La educación sexual fomenta el cuidado integral y tocarse los genitales no debe verse como una acción sucia o perversa, pues favorece el autoconocimiento e incluso la autodetección de algunas enfermedades.
Los niños de uno y otro sexo se tocan, frotan y manipulan sus genitales, descubren un mundo de sensaciones que ya conocían, pero que ahora redescubren por sí mismos. Es tan gratificante que pueden pasar mucho tiempo en la privacidad de su habitación o en la escuela creando fantasías alrededor de esa experiencia que integran a la cotidianidad. Sin embargo, es común que sean los propios padres quienes los repriman cuando los sorprenden practicando lo que se conoce como masturbación infantil. Baste recordar que en la Inglaterra victoriana para impedir la erección se usaba un artefacto lleno de púas que se colocaba en el pene de los niños y provocaba un dolor terrible, mientras que con la circuncisión o la extirpación del clítoris se impedía la masturbación, actos terriblemente crueles que atentan contra la sexualidad y que no deben repetirse.
En la adolescencia el impulso sexual se incrementa, y con ello, el erotismo. Los amigos, los medios masivos de comunicación y las religiones se convierten entonces en los principales canales de educación sexual. De manera indirecta algunos promueven el inicio temprano de la actividad sexual, pero no se responsabilizan de las consecuencias, como los embarazos no deseados y las infecciones de transmisión sexual; otros quieren imponer la abstinencia, que es una posibilidad pero no debería estar influida por el miedo o la culpa; y por último, muchos adolescentes optan libremente por masturbarse, lo que redundará en un mejor conocimiento de sí mismos, en una mayor autoestima y autoimagen, para luego dar paso a una sexualidad plena, creativa, propositiva y saludable.
Aquí, nuevamente, surgen voces sin fundamento que se empeñan en castrar su ejercicio para ocultar el significado del placer. Esas voces tratan de desalentar la masturbación en los adolescentes diciéndoles que es una práctica de personas neuróticas, inmaduras, que es pecado, que provoca debilidad, homosexualidad, locura, epilepsia, acné, pérdida de peso, muerte temprana, etcétera. Esto constituye una ofensa a la inteligencia de los jóvenes y atenta contra su capacidad de investigar por su cuenta y crear su propio criterio al respecto.
Así llegamos a la etapa adulta. Se masturban solteros, casados, viudos y adultos mayores, al igual que personas con necesidades especiales. Es una actividad que millones de seres realizan a diario en todas las latitudes de la Tierra y que, por cierto, no es privativa de la humanidad, pues también se da en otras especies del reino animal. Sin embargo, hasta el momento su prohibición ha provocado más daño que su práctica.
Se puede decir que la masturbación ha sido condenada por ser un acto que no persigue un fin reproductivo, y hoy se ataca con argumentos que no sólo no se sostienen a la luz de la ciencia, sino que además muestran un profundo desprecio por la libertad sexual de los seres humanos.
Autoerotismo
Nos sentimos en condiciones de proponer que, a partir de ahora, se utilice el término autoerotismo en lugar de masturbación, dada la connotación despectiva, subjetiva e inoperante de este último.
Por autoerotismo podemos entender una acción voluntaria, casi siempre solitaria, que se realiza en la intimidad e implica la excitación de los órganos externos genitales por medio de caricias, tocamiento o frotamiento, y que puede extenderse a otras partes del cuerpo; se lleva a cabo con la mano o con objetos, sin causarse daño, mientras se estimula con pensamientos e imágenes y no necesariamente culmina en orgasmo.
Sabemos que lejos de provocar un daño orgánico, el autoerotismo libera la tensión sexual porque mejora el intercambio de las experiencias eróticas con el propio cuerpo y permite el contacto con uno mismo. Esto puede resultar muy útil cuando libremente y de mutuo acuerdo se practica en pareja. Actualmente, se usa en la terapia sexual con personas anorgásmicas y otras disfunciones sexuales. El autoerotismo incrementa el deseo, la excitación, eleva la autoestima y ayuda a restaurar la energía al reducir la tensión y producir una relajación agradable.
Desde esta perspectiva, el autoerotismo se convierte en una práctica respetable de quienes voluntaria y conscientemente la ejercen. Es una decisión estrictamente individual que se puede convertir en una herramienta más para el enriquecimiento sexual del individuo.
Mentiras que parecen verdades
Existen varios mitos con los cuales se ha procurado disuadir a los niños y adolescentes de masturbarse. Algunos son tan absurdos como los que afirman que “a quien se masturba le crece pelo en las palmas de las manos” o “se vuelve loco”, pero otros parecen factibles y por ello sólo contribuyen a la desinformación.
Estos son algunos:
“La masturbación debilita la vista”.
Falso; se aprovecha la circunstancia de que durante la adolescencia muchas personas descubren que necesitan anteojos.
“Al que se masturba le salen granos en la cara (o en las manos)”.
Falso; esta afirmación también aprovecha dolosamente los cambios fisiológicos que enfrentan los adolescentes que, entre otras manifestaciones, con frecuencia incluyen acné.
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